La operación más difícil a la que tuvo que enfrentarse un exmilitar peruano para convertirse en mujer

Marco Antonio Torres Bustamante era un corpulento militar del Ejército peruano, pero un día decidió dejar el uniforme verde, los duros operativos antidrogas en la selva y salir corriendo del clóset, mejor dicho de la trinchera, para hacerse una operación de cambio de sexo y convertirse así en el  «Capitán Maricielo». Hoy, al no tener trabajo endulza la etapa más amarga de su vida vendiendo caramelos en una de las calles más peligrosas de Lima.

Torres Bustamante logró el rango de capitán en la milicia sudamericana, estuvo destacado en la ciudad de Tarapoto, portaba el uniforme caqui durante siete largos  años. En la década del 90, tras recibir la licenciatura en Derecho, Marco se enroló a las filas de la carrera militar. No era su pasión, pero si la de su padre, un mayor en retiro, quien además pertenecía a una familia de militares. El decidió cumplir el sueño de su progenitor.

En una base repleta de soldados, y con ganas de ser una mujer, era como meterse a una cueva de lobos. Siete años duró en el ejercito y fueron ocho veces que se sacrificó para no abochornar a la gloriosa institución, es decir tuvo que intimar con mujeres para evitar la burla de sus compañeros. «He tenido que fingir que era un macho ante los otros oficiales. No podía quebrar mi voz. Y para sonrojarme aún más, las chicas siempre me buscaban», cuenta y que bajo las sábanas de un hotel de una estrella le reveló a una mujer que no le gustaban los hombres.

Sus 1,85 de estatura, con 40 años y musculatura tonificada que cubría su uniforme, no logró ocultar por mucho tiempo su lado femenino. Ya en el año 2000, al morir su padre, ya no tenía que rendirle cuentas a nadie, así que asumió su verdadera identidad sexual. Era momento de empezar la metamorfosis. Marco, el menor de cinco hermanos, venía de una familia limeña bastante acomodada, vivía en una casa de mil metros cuadrados, un chalet de ensueño con piscina incluida. Con los padres ya muertos, sus hermanos decidieron vender la casa y repartir la herencia entre ellos.

Marco, con dinero en mano, se dio de baja en el ejército y se enfrentó a una de las batallas más duras de su vida. Se sometió a varias operaciones para ser la mujer que anhelaba desde que tenía los trece años, edad en que descubrió que estaba atrapada en el cuerpo de un hombre. «La primera vez que usé ropa de mujer fue cuando mis padres viajaron. Ingresé a la habitación de mi hermana y le robé su vestido», declara que desde ese día sus gustos cambiaron.

Gracias a la venta de la propiedad familiar, se realizó una vaginoplastia, y hasta le alcanzó dinero para las hormonas y siliconas. «Le expliqué al médico que quería sentir orgasmos como cualquier mujer y el cumplió mi sueño», anota. Y aunque no ha tenido encuentros sexuales con esta nueva personalidad ella se siente a la espera. «Soy virgen», sonríe.
De aquel traje verde y chaqueta con galones no queda nada, se transformó de un día para otro en Maricielo, ya sin compromisos familiares que lo (o la) obligaron a guardar celosamente su secreto. Cambió las botas por los tacones, tiene el cabello largo color rojizo, y maquillaje sobrio. Sus hermanos le dieron la espalda, cuenta que ellos no le han perdonado, y «más por el escandalo», asegura.

Maricielo, no solo salió del clóset, sino que también salió en un reportaje en una cadena de televisión peruana confesando su aventuras como militar. Lo que causó más impacto de sus declaraciones no fue su cambio de sexo, sino que cuando todavía era Marco y usaba uniforme de capitán, abusó de sus galones para vivir intensas experiencias sexuales con algunos soldados con los que compartía operativos en la selva peruana.

Ese pequeño salto a un plató de televisión le propinó una ráfaga de de fama, que le llamaron para participar en un programa cómico. Tan efímero fue su paso por la pantalla chica que Maricielo creyó haber encontrado su vena humorística, que va más allá de la mofa de lo que significa ser afeminado. Aunque no tuvo éxito como comediante, salió de los reflectores de la televisión y desde se día, confiesa, vive en una lucha sin cuartel contra su devastadora soledad, la misma que se ha instalado en sus filas. Hoy, se luce zigzagueando los coches de la Avenida Colonia en el Casco Viejo de Lima con una bolsa de golosinas y chocolates que vende a los conductores.

No fue fácil, incluso hasta ahora, lo que planeó luego de su operación.  No ha resultado como lo imaginó. Se mira frente al espejo y su felicidad no es completa. «Lo ideal era llegar como oficial mayor del ejército. No estar peleada con mi familia, poder conseguir trabajo», asegura. Y es que a pesar de poseer la licenciatura en Derecho no puede ejercer esta profesión porque en todos sus documentos aún figura su nombre de nacimiento.

«Llevo más de siete años entre las calles, la gente me reconoce, pero no todos me tratan bien. La gente cree que porque sea transexual, yo estoy para prostituirme, y eso no es cierto», detalla. Un día un chófer le invitó subir al coche para «conocerla» Maricielo se sintió utilizada, y es cuando está sola que se hace esa pregunta si valió la pena emprender esta cruzada.
Por momentos quiere coger un reloj y retroceder el tiempo. «Hay momentos en que sufro y si hubiese elegido no me operaba. Hubiera preferido ser un joven con el pelo largo, a veces travesti. Lo que me pasó fue un error de la naturaleza, hubiese preferido ser mujer como tu», Maricielo creía que luego de tener cuerpo de mujer, los hombres la iban a enamorar, pero no ha sido así. «Para todos solo soy un maricón», subraya.

No es suficiente que le abran la puerta del coche, que le cedan el asiento o que le jalen la silla, advierte que el acto de caballerosidad  se mide por la discreción y solo «un patán» se atrevería a preguntarle si es mujer o transexual. «Al menos que tenga la delicadeza de hacerse el loco», atesora. Dice que no va a revelar su secreto  a cualquiera,  solo será sincera con aquel que pretenda en serio.

Ella ama la transparencia del día y no le gusta esconderse de la gente. Sus caramelos han sido su único sustento cuando dejó la ruda vida militar, pero más dura resultó la calle, la indiferencia de sus hermanos junto con sus remordimientos tras la intervención quirúrgica.

Ahora lo único que quiere encontrar es «su hombre ideal», casarse y tener hijos. Además lanza un mensaje para quienes quiera realizarse esta operación de cambio de sexo «No vayan apurados, este de llevar un cambio es muy serio, yo dejo el orgullo  y digo la verdad de la vida», la ofensiva viene de su interior y siente que no tiene estrategia y las armas para vencer en un país conservador, que rasga las vestiduras tras ver un homosexual o transexual.

Artículo publicado en la sección “Vivir en la calle” por la alumna Marisol Mattos, durante el Máster de periodismo 2017-2018.

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