Miles de vizcaínos pasan ya por los puestos que conforman este recinto para adelantar la compra y reservar los productos que pondrán en la mesa

Brindar con la copa de champán en la mano es el colofón a las cenas navideñas. Las familias aprovechan estas fechas tan señaladas para reunirse en un día que ya no entiende de cristianos y ateos. Todos saben que las cocinas de los hogares se convertirán en lugares de mucho tráfico a medida que las horas previas a la cena van llegando a su fin. Unas fechas que culminan el año, pero que detrás llevan mucha carga de preparación.

Con el objetivo de no tener que replanificar el menú que habían prometido, como buenos anfitriones, a sus invitados, muchas familias adelantan la compra varias semanas. Una carrera a la que los comercios, sin ningún reproche, se han amoldado rápidamente. El mercado de la Ribera, situado a un lado de la ría dividiendo a Bilbao en dos, lleva ya varias semanas inmerso en el espíritu navideño. Las puertas automáticas que dan entrada al mercado hace tiempo que perdieron el derecho al descanso. Más de doscientos puestos les aguardan a los compradores al otro lado del cristal.

El recorrido por el mercado lo va marcando el menú que las familias tienen en la cabeza. El primer puesto que se paran a visitar los compradores es el de los embutidos. Ascensión de Andrés es la jefa de la lonja que lleva por nombre “Ascen”. Ella es la tercera generación que ocupa ese puesto en el La Ribera. “En el mercado hay muchas generaciones”, confiesa la madre de familia que trabaja codo con codo con su hijo, de quien espera que siga con el legado. El fuerte de esta lonja, como señala la propia jefa, son los ibéricos de bellota. La compra de género que realizan es “para todo el año”, como explica ella misma, lo que les permite estar “siempre preparados”.

A medida que la Navidad se va acercando Ascensión va viendo como las colas que se generan alrededor de su puesto se van alargando. Los números para pedir la vez hace tiempo que se estrenaron y la gente espera deseosa el cambio de dígito en la pantalla para hablar con Ascensión. Asegura que el mercado ya empieza a vender en grandes cantidades, pensando en la Navidad, a mediados de noviembre.

De Andrés confiesa que el mercado de la Ribera está “en auge” y es por ello que ahora tendrán que trabajar “muchas más horas”. Comparte cual es el secreto del éxito: “La campaña es el servicio, el precio, la calidad y el trato muy personalizado que les damos a los compradores”. Ascensión, tras ver qué es lo que más compra la gente, se atreve a augurar que en la mesa de Navidad no faltarán “el jamón, el lomo y el foie”.

El segundo, pescado

El puesto de ‘Pili y Luis’ está a cargo de Jacinto Undín. Lleva visitando la lonja 222 del mercado de la Ribera desde pequeño, cuando en navidades y vacaciones iba a donde sus padres “a ayudarles o a darles guerra”, como él mismo señala. Empezó a trabajar 3 años después de la riada que sufrió Bilbao. Como la marca que dejó el agua en las paredes del mercado, él también trabaja con el fin de dejar huella. Todos estos años de experiencia que carga sobre sus hombros le han servido para escabullirse de los diferentes obstáculos que se ha encontrado por el camino.
A duras penas recuerda la fecha exacta, “hace 3,4 o 5 años”, del momento más crítico que vivieron las pescaderías, aunque a él no le “pilló”. Ese año “no se vendió lo que se esperaba”. Advierte que la compra por parte de los puestos debe ser “cuidadosa” ya que “la torta puede ser pletórica”. Explica que, por ejemplo, si durante el año se traen 2 cajas de nécoras, para estas fechas el pedido se aumenta a 3 o 4. Una cantidad que tiene milimétricamente calculada para no tener pérdidas. Cuenta, como anécdota, cómo consiguió paliar el golpe que sufrieron aquel año: “Te lo empiezas a oler un poquitín sobre las 11 de la mañana”. “Prefiero perder 5 o 6 euros por kilo a perder 20”.

Jacinto está preparado desde hace “dos o tres semanas” para poder dar respuesta a los diferentes compradores que se acercan al puesto de ‘Pili y Luis’. “Hay una serie de productos que la gente está ya recogiendo para luego congelar”, como son la merluza, las cocochas de bacalao, los jibiones o el salmón. Undín tiene que mantener la tensión casi hasta que, por fin, se sienta en la mesa a cenar. Debe dar respuesta a las personas que “no les gusta congelar”. “Estos vienen dos días antes de la fecha”, señala.

Los compradores perezosos que retrasan la compra hasta última hora corren el riesgo de pagar más por el mismo producto que con anterioridad tenía un valor inferior. “Las nécoras igual se triplican de precio”, explica Jacinto quien, alarmado por el elevado precio, critica esa subida: “Son verdaderas salvajadas”. El precio de los jibiones en el puesto de ‘Pili y Luis’ es de 12,90 euros el kilo. “Hay personas que se llevan 3 o 4 kilos de jibiones”. Este producto, uno de los que más le demandan a Jacinto, forma parte de una lista de “un desembolso medio que ronda los 50 euros”.
Undín confiesa que “se nota” que cada vez está yendo más gente a comprar al mercado y que eso les ayuda a “finalizar bien el año” o a “finalizarlo”. Desde el puesto 222 no muestran ningún atisbo de preocupación, ya que opinan que la gente “es consciente de la calidad y variedad” que les ofrecen y que “no hay en ningún sitio”. En la segunda planta del mercado de la Ribera, donde se encuentra la lonja de Jacinto, en escasos metros se encuentran varios puestos de venta de pescado. Entre ellos no existe competencia, ya que cada uno vende productos distintos al del competidor. Aun así, Undín resta importancia a la posible lucha por captar a un comprador, ya que “los clientes son más o menos fieles”.

Entre la lonja de ‘Ascen’ y la de ‘Pili y Luis’ se encuentra el puesto ‘Lautxo’. En el 219 se encargan de vender comida precocinada, como son las croquetas, para las familias. “No están bien las cosas, no estamos de ánimo”, confiesa la encargada de la lonja que ve cómo se van apilando poco a poco los productos en el escaparate.

La Navidad, en familia

Ana Mari, bilbaína de pro que trabajó para Aviaco hasta la desaparición de la misma, ha visto la transformación de la villa desde las nubes. Ha cambiado los pasillos de las aeronaves por los del mercado, y ahora es ella quien recibe el servicio. No tiene hijos, por lo que las cenas de Navidad las pasan en dos hogares distintos: “Nochebuena, donde mi hermana y Nochevieja, donde la hermana de mi marido”. No buscan reunirse con el fin de tener una cena digna de un palacio, sino por unirse y por juntarse en familia, como confiesa ella misma. Son momentos “de mucha felicidad” a los que espera su llegada “un poquitín nerviosa”. El menú para ella pasa a un segundo plano y solo espera abrazar a su hermana a quien “le han cortado la pierna por la ingle”. Pablo, su marido, también espera deseoso la cena en la casa de su hermana, quien solo busca sentir el aliento de su hermano para no ceder en la lucha contra el cáncer que sufre su marido. Para Pablo y Ana Mari poder seguir brindando con una copa de Champán en la mano quizá sea la mejor de las suertes; señal de que, un año más, todos siguen juntos.

Esta noticia ha sido publicada por el alumno Jon Ander Goitia, como parte de los ejercicios del Máster de periodismo 2017-2018

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