Sin empleo desde hace meses, Gerardo toca la zampoña en la calle para sobrevivir

Nunca ha dormido en la calle ni ha tenido problemas con los agentes de la Policía que patrullan a su alrededor; ni siquiera con el resto de personas que tratan de ganarse la vida en el Paseo Marítimo de Castro Urdiales. Tampoco ha acudido jamás a los servicios sociales en busca de ayuda. Pese a todo, Gerardo se considera “un ciudadano de la calle”. Su “oficina” –tal y como él mismo la define– no tiene calefacción ni aire acondicionado, pero sí dispone de unas privilegiadas vistas al mar Cantábrico. Entre su material de trabajo tampoco hay un escritorio ni un ordenador; le basta con una zampoña, un micrófono de pie visiblemente deteriorado por el uso y un pequeño aunque pesado amplificador.

Gerardo y su mujer llegaron hace catorce años para labrarse un futuro mejor en la “madre patria”, como los sudamericanos se refieren a España por el pasado colonial. Dejaron atrás Santa Cruz de la Sierra, la ciudad más poblada de Bolivia, y aterrizaron en Madrid sin saber siquiera dónde vivirían o en qué trabajarían. Tras un breve e infructuoso paso por la capital, se mudaron a Ponferrada (León), cuyas gélidas temperaturas les sorprendieron. Allí encontraron empleo rápidamente: él en la construcción y ella cuidando ancianos. En 2009, cuando se quedaron en paro, hicieron las maletas para poner rumbo a Logroño, donde ella logró un puesto bien remunerado como interna en una casa. Gerardo encadenó varios contratos temporales como albañil y camarero, una tarea que nunca antes había desempeñado. “No sabía ni lo que era un ‘kas’”, recuerda con sentido del humor.

Cuando ambos volvieron a encontrarse sin ingresos, se mudaron a Castro Urdiales, donde un viejo conocido les dio cobijo por un tiempo. Ahora ella se dedica a cuidar niños y ancianos, pero él no tiene trabajo, por lo que toca la zampoña en la calle para contribuir a los gastos domésticos. El matrimonio comparte un piso de dos habitaciones junto a otro compañero en la localidad cántabra y el alquiler –entre los dos pagan 450 euros– es difícil de mantener con un solo sueldo. Gerardo, que hace siete meses que no consigue un trabajo, hace lo que puede. Según él mismo relata, un buen día puede sacar “entre 20 y 25 euros”, pero lo habitual es que el montante no llegue ni siquiera a los 10. “¡Y eso es bastante!”, se felicita.

Los lujos no tienen cabida en el hogar de esta pareja boliviana. Tanto es así que no han regresado ni una sola vez a su país desde que recalaron en España. En todo caso, Gerardo no pierde el contacto con su único hermano, que sigue viviendo en Santa Cruz de la Sierra y les ha visitado en dos ocasiones. En su bolsillo guarda un teléfono inteligente en el que no hay rastro de redes sociales, pero sí del WhatsApp. “¡No soy un extraterrestre!”, bromea como si la duda le ofendiera. El aparato también le sirve para seguir “de cerca” –al menos así lo expresa pese a estar a 9.000 kilómetros de distancia– la actualidad de su país. Aunque no se declara simpatizante de Evo Morales, admite que el presidente está haciendo un buen trabajo. Valora que haya contribuido a reducir la pobreza y, sobre todo, que haya puesto tierra de por medio con los altos poderes eclesiásticos. Originario de un país en el que ocho de cada diez personas se declaran católicos, él prefiere mantenerse en el agnosticismo.

Si bien ahora la fortuna no le está sonriendo, dice ser “un privilegiado” porque vive feliz en Castro Urdiales con su mujer, “una luchadora incansable”. En todo caso, no se sienten atados al pueblo y no descartan volver a echar el vuelo en un futuro a medio plazo. Gerardo tardaría poco en recoger todas sus pertenencias; entre ellas, su bien más preciado: una camiseta de la selección boliviana de fútbol firmada por Erwin Sánchez, una estrella ahora retirada y autor del único gol que el país sudamericano ha anotado en un Mundial, precisamente contra España en 1994. La maleta de un “nómada del siglo XXI” siempre está lista para partir.

Artículo publicado en la sección “Vivir en la calle” por el alumno Xabier Garmendia Arenaza, durante el Máster de periodismo 2017-2018.

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