El espíritu de Bob Marley está en el corazón del Casco Viejo de Bilbao. O eso piensan los miles de personas que han pasado por la calle de La Cruz. El rey del reggae hace años que murió, pero las rastas de Polux O. evocan en los curiosos a Bob Marley, provocando que se detengan a escuchar la música que crea con la guitarra. Hace 21 años que nació en la ciudad francesa de Dijon, conocida popularmente por la mostaza. Y allí conoció al otro ingrediente de su vida, Bartolome T., un año más joven. Él no luce rastas, pero su larga melena rubia le delata como extranjero.

Con la mente puesta en llegar a Portugal, donde esperan tener unas largas vacaciones, estos dos jóvenes comenzaron su andadura por separado. La coincidencia del destino les unió en la aventura que no dudaron ni un instante en hacerla juntos. Bilbao ha sido su última parada en el camino. Hace dos semanas que dejaron atrás San Sebastián para llegar a la capital vizcaína en tren, o como lo llaman ellos, “Topo”. Ese término lo añadieron a su diccionario después de coger el tren que une Irun con la capital gizpucoana. Durante el viaje entendieron el porqué del apelativo popular. Abandonaron hasta en 14 ocasiones la luz solar, en un trayecto de apenas 28 kilometros, por lo que no les quedó más remedio que contentarse con las grises paredes de hormigón en lugar de los parajes verdes.

No siempre tienen la suerte de poder utilizar el transporte para realizar viajes de gran distancia, por lo que a veces no les queda otra que levantar el pulgar y hacer autostop. Su siguiente destino es León, para el que tienen planeado solicitar ayuda a los conductores, aunque no estén muy esperanzados en ello: “En Francia nos ayudaban, pero en España no”. Quizás películas como ‘La chica del autostop’, dirigida por Miguel Lluch en 1965, comenzaron hace años a crear una mala reputación de estas personas. Actitudes de una protagonista que se valía de su imagen para detener a los conductores, para luego así atracarlos, que muy lejos quedan de la realidad de los dos jóvenes franceses.

Ellos se niegan a buscar de manera intimidatoria la ayuda de los curiosos que se detienen a observarles. Es por ello que colocan a un par de metros de donde se encuentran la funda de la guitarra de Polux que usan como hucha. En escasos minutos los céntimos se van apilando; incluso las monedas de euro. El joven guitarrista señala que la gente les aporta “mucho dinero”, aunque, apuntille, que eso ocurre “muy raramente” con la gente adinerada. Confiesa que, dependiendo del día, las ganancias pueden oscilar entre los 10 euros, en el peor de los casos, y 50 euros. Aunque, se sincera y declara que alguna vez han llegado a recaudar 100 euros en un único día. Cifras que chocan con el sueldo mínimo español que a duras penas conoce los 700 euros.

“Invertir en la vida”

Polux y Bartolome tienen una máxima que es “invertir en la vida” las ayudas que reciben por parte de la gente. Cada vez que reúnen lo justo para realizar una compra se dirigen a un supermercado. No solo buscan comida para ellos, sino que también se preocupan de alimentar a los dos perros que, fieles a sus dueños, les vienen acompañando desde el principio del camino. Doky y Kodi, dos  Golder Retriever, saben que mientras sus dueños están trabajando no pueden jugar con ellos, así que esperan tumbados sobre las mochilas a que éstos decidan dar por concluida la jornada. Si después de cubrir también las necesidades de sus mascotas aún les sobra algo de dinero, éste lo dedican a la compra de instrumentos. Un ukelele aguarda protegido el relevo de la guitarra que nunca descansa. Nunca, o casi nunca. Los dedos de Polux acaban de conocer su tercera guitarra que, sin temor y como si nada hubiese pasado, siguen creando música.

Los acordes suenan distintos. Ninguno como con la anterior. La estancia en Barcelona para  Polux O. fue fatídica. Por culpa de la ordenanza que está en vigor en la ciudad condal desde el año 2006, la cual prohíbe la música callejera, se ha enfrentado hasta “en dos ocasiones” a las multas interpuestas por la Guàrdia Urbana. Una situación muy distinta a la que se han encontrado en Bilbao: “La policía aquí no nos dice nada”. “En Barcelona la multa para recuperar la guitarra era de 300 euros”, aunque confiesa que nunca llegó a pagarlas porque le salía más barato comprarse otra. Como él, miles de músicos callejeros también se negaron a pagar y ante la masiva cantidad de instrumentos incautados desde las instituciones decidieron dar salida a este problema donándolos a los centros escolares. En el año 2013 fueron 204 los instrumentos confiscados, mientras que en el año 2015 la cifra aumentó a 1.042.

“Es libertad para nosotros”

La multa más dolorosa para Polux y Bartolome es tener que buscar un puente en el que poder resguardarse debajo para poder dormir. “A veces la gente nos invita a sus casas”, confiesa con una sonrisa en la boca. Aunque no siempre corren la misma suerte y aclara que han dormido “más veces fuera que en casas”. Aun así, el joven francés, que a los 17 años decidió dejar los estudios de filología francesa, se confiesa y no cambiaría la vida que ha escogido por un puesto de trabajo fijo. “Disfrutamos”. “Es libertad para nosotros”. Incluso las familias les apoyan en esta aventura: “Piensan que está bien viajar, porque aprendemos muchas cosas”.

En un futuro sueña con tener su propio coche para poder hacer estos viajes de una manera más cómoda. Con la canción U-turn, de Aaron, que, allá donde va, siempre le acompaña, piensa seguir viajando. For every step in any walk, any town of any thought, I’ll be your guide. (Para cada paso en cualquier paseo, en cualquier ciudad de cualquier pensamiento, yo seré tu guía).

Artículo publicado en la sección “Vivir en la calle” por el alumno Jon Ander Goitia, durante el Máster de periodismo 2017-2018.

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