Diario de cuarentena: Lunes 30 de marzo de 2020

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Pablo Ariza:

Las casas de apuestas son la heroína de nuestros días. Por internet es lo mismo, no te excuses. Cuando veo a conocidos apostar siento rabia. Hoy he entrevistado a una persona que lleva dos años en rehabilitación y ahora ayuda a gente en su situación. Es del 97. «Hace dos años volví a nacer», me dice. Forma parte de una plataforma contra las casas de apuestas en Málaga. Siempre en los barrios más humildes. Lo que comienza con una apuesta a que el Athletic gana al Málaga puede destrozarte la vida. Y la de tu familia. Una lacra para la sociedad, el sector del juego tiene mucho poder en España. Comprometidos, como estuvieron las madres gallegas en los 80, podremos parar esto. No le rías la gracia a tu amigo que prueba suerte en la ruleta. Eso no es ocio. Desde este diario, yo me uno al reto #YoMeQuedoEnCasaSinJugar.

Karen Pinto:

Me he llevado la sorpresa de que en el Carrefour venden ‘Tortolines’, un snack de plátanos fritos producidos en Ecuador. Rápidamente, he agarrado un paquetito y me he asegurado de que sean los originales: ‘Hecho en Guayaquil’. ¡Menudo instante de alegría! Casi abro uno en ese momento pero, por obvias razones, no lo he hecho. He salido del supermercado cargada de cosas, y me he recriminado a mí misma el instante en que no compré el bendito carrito de compras. Durante todo el trayecto de vuelta, he sentido que se rompían los brazos de cerilla que tengo, y he parado cada tres metros. Seguramente, la próxima vez me pasará lo mismo. Cuando he llegado a casa he comido con algo de impaciencia los Tortolines: ¡me han sabido a gloria! No han perdido su sabor original. Es como si cortasen el manojo de la palmera, y en ese mismo instante fritasen las rodajitas de cada plátano verde –así se llama– para llevarlas directamente a la boca. Es del color de su nombre, muy grande y salado, por eso se distingue de las otras siete variedades que hay en Ecuador. El año pasado, en Madrid, se lo explicaba a la abuelita de mi novio. Se quedaba sorprendida cuando le mostraba las fotos de todos los tipos, pero, sobre todo, del misterioso plátano rojo; porque ella solo conocía el de Canarias. Le describía con gestos los sabores y le decía que, algún día, le regalaría uno de esos. Todo esto me recuerda la gran variedad de sabores que hay en Latinoamérica por la infinidad de frutas que existen, y que varían de un país a otro, o incluso de una ciudad a otra. Viajar por allá es como hacer un recorrido con el paladar, no solo se descubren paisajes, se descubren los sabores de aquellos lugares donde la tierra todavía es tierna.

Cirilo Dávila:

En este oficio uno desarrolla habilidades, digámoslo así, curiosas. Una de ellas es leer por firmas, es decir, sigues a determinados periodistas que nunca decepcionan. Las preferencias son inevitables, aunque es aconsejable llevarlas con discreción. Hay mucho ego suelto y piel sensible.

No descubro nada si digo que hay muchos y buenos. De cada cual, aprendo algo. Uno de ellos es Javier del Pino, que ahora conduce el programa ‘A vivir que son dos días’ en la Cadena Ser. Le sigo desde su corresponsalía en Nueva York, heredero del buen hacer que dejó mi tocayo Cirilo Rodríguez. Este pasado fin de semana entrevistó al filósofo Torralba, que hizo un elogio de la madurez («La madurez no es la edad de los sueños rotos sino una época para soñar despiertos»).

Y me he acordado de él tras leer que el epidemiólogo holandés Frits Rosendaal ha criticado la gestión de España en la crisis del coronavirus porque en este país «se admite a personas viejas en la UCI». Solo le faltó añadir que lo mejor es dejarlas morir sin asistencia y, de paso, en soledad. Está claro que el sueño de la razón vuelve a producir monstruos. Rosendaal es buena muestra de ello y, posiblemente, no la única, aunque me quedo con esa legión de mujeres y hombres buenos que nos sacan adelante en este tiempo de zozobra. Son muchos más.

Berta Pontes:

Hace dos días prometí hablar sobre mi pueblo y hoy me apetece. Su nombre es Pesquera de Duero y, dejando de lado el esplendor de sus vinos, es mi sitio de paz. Cuando estoy allí soy inmensamente feliz y lo único que echo de menos de Valladolid es a mis amigos. Por lo demás, en Pesquera lo tengo todo. Sí, amigos también. Y son de los de toda la vida, de los que de pequeños compartíamos tardes de juego y trastadas y al rato nos peleábamos por cualquier tontería. Ahora son con los que comparto mañanas de piscina, tardes de paseos y noches de cafés. Bueno, noches de verbena también, quizá demasiadas, pero nunca nos parecen suficientes cuando llega septiembre.

Dejando de lado las verbenas, en Pesquera tengo de todo. Una casa con patio y aire libre. Ahora, durante estos días de cuarentena, lo que más echo de menos es estar en mi casita, en el patio. Ónix también estaría genial en su escondite detrás del seto y con su vecina Tula. ¡Ojalá estar allí! Lo pienso todos los días y en casa lo comentamos, pero sabemos que no podemos ir.

Mucha gente no entiende este sentimiento y me llama exagerada cuando hablo tanto de Pesquera, aunque imagino que yo lo siento así porque es mi pueblo. Os invito a visitarlo, a beber sus vinos, a perderse por sus calles y a disfrutar de una caña bien fría y un pincho de pepinillo al sol en la plaza.

Gorka Seco:

Buenas noches, Cesar.

Fernando Simón positivo en coronavirus. ¿Quién nos iba a decir que la persona que está comandando la lucha sanitaria en nuestro país también iba a ser víctima del Covid 19? Muchos personajes con relevancia mediática llevan tiempo avisando que esto es una guerra. Y, aunque quizás no quiera o no pueda verlo como tal, la situación lleva tiempo siendo muy preocupante. Por cierto, respecto a lo de Simón, no creo que se trate de un caso de pérdida de credibilidad. Sabemos que el virus es muy contagioso y aunque se tomen todas las medidas del mundo, hay riesgos.

Ana Gil:

River Viiperi ha sido detenido por agredir a su pareja, Jessica Goicoechea. Los Mossos lo arrestaron el pasado viernes tras una llamada de la modelo. Este caso es la cara visible de la violencia machista. Miles de mujeres conviven estos días con su agresor. En la misma casa. Una situación de absoluta desprotección. Se demuestra, una vez más, cómo la violencia de género no entiende de clases. Es transversal. Otra pandemia mundial que llega a todos los niveles económicos y sociales. A cada rincón del planeta.

El Gobierno ha anunciado algunas medidas como asegurar el funcionamiento del 016 durante las 24 horas o la creación de una app, pero ¿son suficientes estas medidas?, ¿qué recursos tienen estas mujeres en una situación tan excepcional? La semana pasada ya conocíamos un caso. Un hombre mataba a su mujer de 35 años delante de sus hijos. Los expertos aseguran que la cuarentena supondrá un repunte de los feminicidios. Como escribía Andrea Liba en Pikara Magazine, «no hay cuarentena para la violencia machista».

Pablo Sáenz:

Me gustan los días de lluvia. Me inspiran. Hacen que estar en casa no pese tanto. Hoy me he acordado de algo: de pequeño decía que, de mayor, quería ser ‘cuadrero’. Mientras mis amigos aspiraban a ser futuras promesas del fútbol o los nuevos aspirantes a Messi, yo quería pintar. Pintar cuadros. Lo cierto es que con los años fui dejando de lado mi faceta artística para centrarme en las letras, los idiomas, la literatura y el periodismo. Aunque con ocasionales destellos de inspiración que aprovechaba para desengrasar los pinceles.

Hoy, en plena cuarentena, he hecho las paces con el folio en blanco y he vuelto a dibujar. Esta vez ha sido la playa de La Concha y sus bañistas en agosto. Cómo echo de menos el mar y San Sebastián.

Franklyn Amaya:

Un día más de confinamiento, levanto la cortina que cubre la ventana, como ya es costumbre me quedo por un momento observando el árbol que está justo en frente de mi cuarto, cada vez se va poniendo más bonito, pues sus hojas ya casi terminan de cobijar todas las ramas. Lo extraño es que a los demás árboles de la cuadra nadie les avisó que ya estamos en la estación de primavera, pues sus ramas siguen igual de solas como en el invierno; no entiendo las razones si son de la misma especie. Espero que pronto lo hagan, pues la calle se vería mejor colorida toda de verde.

Laura Tambo:

Llueve ahí fuera. Y lejos de deprimirme, me sube el ánimo. No tengo que preocuparme de si he metido el paraguas en el bolso o de si será buena idea calzarme unas deportivas en vez de las katiuskas. Me limito a mirar cómo caen las gotas en la ventana mientras enciendo mi ordenador para las labores periodísticas que me ocuparán el día de hoy. No conocía el placer de llover. Siempre me había disgustado. Pero nunca es tarde para descubrirlo. En la capital vasca han amanecido con un manto de blanco. Aún no había ojeado las noticias, pero mi madre viene a informarme, algo emocionada. Cómo si eso fuese un notición. El día no ha dado mucho más de sí. Un poco de lectura, de la que ya os hablaré más adelante, algo de ejercicio, para no parecer croquetas andantes cuando salgamos de esta, y una buena siesta para no perder las costumbres españolas, que luego cuesta mucho recuperarlas.

Luis Ramírez:

La incertidumbre es como un grillo después de un día de lluvia. Un ruidito de fondo sin importancia, pero cuando le prestamos atención martilla los tímpanos. Eso es lo peor de la cuarentena, cuando nos las damos de Nostradamus e intentamos predecir hasta cuándo estaremos así. Quizá dos semanas, tres, cuatro o las que quiera este año de la rata, ¿y después? ¿Cuál será la normalidad? ¿Qué será la normalidad?

Iván Benito:

Pocas veces me he alegrado tanto por ver nevar. Desayunar viendo por la ventana cómo caen los copos es otro de los placeres de esta vida confinada, precisamente por eso, porque no hay que salir de casa. La verdad es que la nieve, en la vida de antes, no me gustaba. Es un fenómeno que suele modificarte los planes y obliga a quedarte en casa. «Cómo vamos a ir al pueblo estando la cosa así», es la frase más escuchada todos los inviernos en mi casa.
Será por eso que lo poco gusta y lo mucho cansa y en Burgos… imagínense. O serán mis rarezas. No sé. Pero reconozco que las primeras veces eran especiales. Y ojalá, todos los que no lo hayáis vivido nunca, podáis disfrutarlo al menos una vez.

Irene Echazarreta:

Logroño. Me gusta cuando estamos hablando y de repente te quedas callado. No porque no sepas qué decir, sino porque quieres disfrutar del momento que tienes delante y/o porque te has acordado de algo que en el pasado te hizo feliz. Son segundos en los que no dices nada con palabras, pero que transmites con la mirada, como cuando hacemos videollamada por ‘Skype’ –ya que estos días no podemos juntarnos de otra manera–, que te quedas mirando durante un par de segundos con la cabeza ladeada para terminar sonriendo. Ese es el momento y la forma de transmitir que me enternece porque tus ojos no expresan otra cosa que paz, cariño, armonía y felicidad.

Mikel Huerta:

Santurtzi. Hoy, cuatro días después, he vuelto a pisar la calle. Mi cuerpo necesitaba un poco de aire fresco y, bueno, aunque hayan sido 20 metros del patio al contenedor de basuras, lo he disfrutado como un niño. He aprovechado un parón que ha dado después de cenar este magnífico tiempo. Eso sí, bien abrigado, que no están las cosas como para andar cogiendo un constipado o una gripe. Que estos no respetan ni la cuarentena ni nada. Que poca vergüenza.

Por cierto, la calle da miedo. Resonaban las goteras como si de conversaciones se tratase. Eran las diez y cuarto de la noche, en plena avenida entre Santurtzi y Portugalete, y no había nadie. Sobre esa hora suelo, más bien, solía llegar a casa después de entrenar y el ruido de los coches, en tres semáforos que se juntan en la zona, era habitual. Pero bueno, dentro unas semanas supongo que todo volverá a ser lo mismo que era. O quizás no. Tengo mis dudas.

Fernando González:

Un lunes distinto en el piso. En la calle un viento helado, una sensación de tristeza en el ambiente y un tiempo muy malo. Durante el día solo salen unos pocos rayos de sol a través de las nubes del cielo de Pamplona. Una ligera lluvia marca el ritmo del día, es imposible salir al balcón y tomar un poco de aire fresco.

Hoy le ha tocado el turno de cocinar a mi pareja, ha preparado unas lentejas con verduras. Con mucha sinceridad creo que tendré que mejorar mis recetas y platillos porque, si no me voy a quedar muy atrás en la calidad de la comida. La chistorra y el queso que le ha agregado al final han dado un toque muy sutil a la comida.

Fue día de hablar con la familia y ponernos al corriente de los acontecimientos. Mi padre sigue preocupado por la situación con la enfermedad en España y todos los días me pregunta si no tenemos síntomas.

Con mi hermana fue una conversación mucho más divertida. Su hija de dos años no nos dejaba hablar e intentaba asustarme con gritos constantemente, para luego darme frambuesas de las que estaba comiendo por medio de un dispositivo móvil.

En México, son ya de 1.094 afectados por este maldito virus que nos ha quitado la tranquilidad. Tuvo que llegar a esta cifra de contagios para que el Gobierno tomara cartas en el asunto, y declarara la emergencia sanitaria en el país. Y digo el Gobierno, porque el Presidente está más preocupado por saludar a la madre de uno de los narcotraficantes más sanguinarios del mundo, que por una pandemia que amenaza con cobrarse muchas vidas en un país donde no hay un servicio de salud de calidad.

Ha llegado el primero de mis libros, la biografía de André Agassi que me recomendó mi buen amigo Iván Benito.¡Ya les contaré!

Oihane Irazu:

Día 16. Mi aitite ha empezado a utilizar Netflix. Le he recomendado ‘La Casa de Papel’, y ahí anda. Dice que la lectura ya después de dos semanas le aburre –y eso que él es de mucho leer–. Hoy, he leído algo que me ha hecho reflexionar: «Cuando todo esto pase, nos daremos cuenta que no es rutina; es vivir». Y qué verdad.

Bueno, por otra parte me gustaría ‘protestar’ por algo que últimamente ando leyendo por las redes y no me gusta nada; las críticas a Pedro Sánchez. Quien me conoce sabe que poco o nada me gustan este señor, su partido y todo lo que le rodea, pero menos me gusta la gente que piensa que desde su casa lo haría mejor que él. Una crisis sanitaria sin precedentes que está llevando lo mejor posible, dentro de lo que cabe. Una crisis en la que el propio Sánchez tiene a su mujer y suegra contagiadas, y que sigue al pie del cañón –como le corresponde lógicamente–. Pero, acaso cree la gente que el PP o Vox lo haría mejor? No soy experta en política –aunque el verano pasado paseé casi a diario por el Congreso y el hemiciclo cuando estaba trabajando para la COPE en Madrid–, pero me gusta mucho, y desde mi escaso conocimiento puedo decir que no. Vox, sin ir más lejos, no sabría ni gobernar, lo llevaría todo a ‘españoles’, ‘p… chino’ y ‘vamos a cobrar a los inmigrantes la sanidad’. Y no digo más porque me enciendo. Menos mal que esta crisis ha tocado con un Gobierno de ‘izquierdas’. Y ya vale de echar pestes sobre Sánchez, que bastante está haciendo ya. Y repito, a mí no me gustan ni Sánchez ni el PSOE, pero hay que ser un poco coherentes por favor.

Ah, y para acabar. Cincuenta y tres días llevan Joaquín y Alberto sepultados, y parece que a nadie le importa. Ahí lo dejo. #ZaldibarArgitu

Alba Rodríguez:

Deusto. Nunca había pensado en lo importante que es la música en mi vida. Por supuesto que escucho música, como todo el mundo, pero no lo consideraba una necesidad básica ni nada por el estilo. Mi pasión ha sido siempre el cine, pero en este encierro me he dado cuenta de que necesito mucho más la música. Sigo viendo películas y series para que el confinamiento sea más llevadero, pero creo que preferiría depender de eso que de la música. Me paso el día o cantando con mi ukelele o con los auriculares puestos, escuchando tanto grupos que sé que me gustan como otros nuevos para intentar descubrir distintos artistas. Y he desenterrado algunos álbumes que hacía un mínimo de diez años que no escuchaba. ‘El viaje de Copperpot’, de La Oreja de Van Gogh, era mi disco favorito hace tiempo y lo tenía olvidado. Ahora lo he vuelto a escuchar y entiendo por qué me gustaba tanto. Lo que no entiendo es por qué lo dejé de lado. Sea como fuere lo he vuelto a encontrar y estoy obsesionada, otra vez, una década después. Os recomiendo que revisitéis cosas que os gustaban hace tiempo. Quizás no os vuelva a provocar lo mismo que antaño, pero al menos os recordará a esa época y a quienes érais entonces.

Paula Soroeta:

Supuestamente este confinamiento llegará a su fin el próximo 11 de abril. Y digo supuestamente, porque hasta que no llegue ese día, no quiero hacerme falsas ilusiones. Ayer escribía en este diario que ya no sabía cuánto tiempo llevamos en casa. Y es que es muy complicado llevar la cuenta cuando esto ya se ha convertido en más que una rutina. El tiempo en estas situaciones es relativo y a pesar de su exactitud hay veces que lo siento inexacto. Hay días que se me pasan como segundos y segundos que me pesan como días. Es lo que tiene la imprecisión; todo puede cambiar en un segundo. Por eso, espero el momento en el que pueda cambiar la pregunta: ¿cuánto LLEVAMOS de confinamiento? por : ¿cuánto NOS QUEDA de confinamiento? y así arrojar un poco de precisión a estos momentos de ambigüedad. Y de paso convertir las ilusiones en realidades.

Javier Cuesta:

Cansado, así es cómo me encuentro. Siento que es tal el nivel de saturación en mí que ahora empieza a manifestarse físicamente. Las pesadillas se han vuelto habituales y no hay día que no me despierte adormilado. Absurdo si tenemos en cuenta que ahora puedo dormir todo lo que quiera. Puede que, tal vez, ese sea el problema y que me ha haya llegado a cansar hasta de dormir.
He decidido empezar mañana un nuevo libro, aún no tengo idea de cuál, como símbolo de que, en principio, queda menos para salir que los que llevamos encerrados. Es una tontería, lo sé, pues probablemente nos quede más tiempo de confinamiento, pero a estas alturas poco me queda ya a lo que agarrarme.

Pedro Ontoso:

Esta mañana me ha despertado una fuerte granizada, que golpeaba con furia los ventanales de mi habitación. Me he asomado y he visto que la cima del Mandoia estaba empolvada de blanco por una nevada a destiempo. La última vez que trepé por ese monte lo hice en compañía de mi amigo Kepa Aulestia, que es un consumado senderista en vertical.

Curiosamente, la mayoría de las veces que quedamos para comer, lo hacemos en el restaurante Mandoia, en el Casco Viejo de Bilbao, donde se mantiene la carta de toda la vida. Este brusco cambio de tiempo ha pillado desprevenidas a la flora y fauna, que ya habían saludado a la primavera. Los rosales y las calas se han estremecido un poco, esperando que pase pronto, como la epidemia del coronavirus. Pero he vuelto a ver a los mirlos, colilargas, carboneros y herrerillos, que se han atrevido a abandonar los bosques cercanos, animados por el silencio y la ausencia de paseantes.

He leído un artículo en el que se recogían unas declaraciones de Ernesto Federico Steinberg. Tiene nombre de príncipe sajón, pero es un experto en Economía Aplicada y un reputado analista del Real Instituto Elcano. Lo que me ha llegado al alma es su previsión de que si hubiera una segunda fase de confinamiento, sólo afectaría a los mayores de 60 años para generar inmunidad de grupo. Qué miedo. Lo cierto es que este terrible trauma colectivo va a dejar cicatrices. Ya las está dejando. Y el proceso es vertiginoso. Primero lo veía muy lejos, pero el enemigo se ha ido acercando. Ahora estoy en casa confinado y casi soy del grupo de riesgo por edad. Y afecta a mi entorno. La mujer de un amigo, en cuarentena. El padre de una amiga, recluido en una residencia donde ya han muerto veinte pacientes(y tiene 97 años). Un sociólogo amigo, infectado e ingresado. Suma y sigue.

El divulgador científico Tom Cheesewrigth nos ilustra con una historia curiosa. «Entre los magnates de Silicon Valley es motivo de orgullo tener un búnker en casa lleno de suficiente comida enlatada y armas para sobrevivir a un apocalipsis zombi». Eso es lo que está pasando.

César Coca:

Leo en un digital que lo mejor es que no hagamos planes para los próximos seis meses. El debate es sobre si las autoridades aciertan –al margen de las limitaciones legales que hay para ello– aprobando moratorias de quince días que luego tienen que prorrogar o sería mejor fijar un horizonte de encierro muy largo para poder quizá dar alguna buena noticia si se acortara. Hay quienes defienden que ya nos hemos hecho a la idea de que esta es la guerra que ha tocado vivir a estas generaciones y toleraremos lo que corresponda. Otros piensan que la salud mental de la gente puede quedar muy tocada si les dices ahora mismo que en verano no podrán salir de sus casas.

Creo que los humanos somos capaces de resistir mucho más de lo que imaginamos. Pero también que si nos anuncian ahora que nos olvidemos de hacer una mínima vida social y de salir de nuestra casa hasta otoño el bajón colectivo sería dramático. Aunque luego lo resistiríamos, qué remedio.

Artículo del Diario de cuarentena publicado por los alumnos del Máster de Periodismo 2019-2020 y sus profesores de Producción Informativa.