Diario de cuarentena: Viernes 27 de marzo de 2020

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Pablo Ariza:

Quién me iba a decir a mí que iba a ser capaz de saber el momento exacto en el que un repartidor de SEUR llamaría a casa de Luis en Santutxu. «¿Tu portero se escucha bien?», le dije esta mañana. «Sí, sí, esperá un momento», contestó. Un minuto después llegaba con el nuevo micrófono para ‘Relatos en tiempos de pandemia’. ¿Vieron? El día dio para mucho, hasta estuve en un recital de poesía en Instagram. Rayden, haz de luz. Ella. Después de seis días salí a comprar. El papel higiénico está de oferta, ya no hay desabastecimiento. Entiéndase la ironía. Lo que hay más allá de Lagunetxea se ha vuelto extraño. ¿Hablan solos por la calle? Hoy más de la cuenta. Mantener la cordura en tiempos de pandemia. De eso hemos hablado en el podcast. Mi amigo Sáenz dijo que quería aprender algo nuevo cada día, hoy he conocido el significado del ‘chocolate del loro’.

Karen Pinto:

Hace días que no me apetecía cocinar comidas con una mayor elaboración. Sin embargo, hoy me he levantado con todo el buen ánimo de hacer unos frijoles para la comida. He puesto todos los ingredientes sobre la encimera: pimientos verde y rojo, cebolla, ajo, tomates y perejil. Acto seguido, he picado todas esas verduras en cuadritos, he vertido un poquito de aceite en una olla grande, y he dejado que se rehogue todo junto, menos el tomate, que va al final. Una vez preparado el sofrito, he agregado los frijoles, una cuchara de sal y he tapado la olla. ¡Qué maravilla! Qué olor delicioso. Bien. En la habitación, para hacer tiempo, he empezado a leer y navegar en redes sociales… Y así, durante tres horas, aproximadamente. Hasta que algo repentinamente ha interrumpido mi tranquilidad: ¡olor a quemado! He pegado un salto de la cama, y he ido corriendo a la cocina. Me he encontrado humo por todas partes. Vaya, que casi incendio el piso y me he quedado con ganas de comer frijoles y sin ganas de cocinar. Fin.

Cirilo Dávila:

Mi familia, gente noble de campo, echaba mano de refranes para definir situaciones. Y no solo por falta de estudios que les ayudara con recursos técnicos, sino porque aquella generación creció casi en economía de guerra. Aplicaban, sin manual, lo que ahora llamamos optimización de recursos y ahorraban hasta en el lenguaje. Por eso, y en pocas palabras, un refrán resultaba la síntesis perfecta de un ideario.

Todo este circunloquio viene a cuenta para recordar aquellas reuniones familiares en días de invierno, los fines de semana, cuando mi madre apuntaba «está resultando más largo que un día sin pan». No sé si ha sido resultado de aquellas enseñanzas, pero resulta que siempre he entendido que el pan, efectivamente, fuera considerado un bien de primera necesidad. Y si el sumiller se deleita en la cata, yo celebro una corteza crujiente y masa gruesa.

Esos días me resultan largos porque no voy ni a por el pan, y, como he dicho, uno no lo lleva bien. Un profesor me enseñó que el motor de la innovación siempre ha sido la necesidad. Por eso, hoy mismo hemos empezado a hacer pan en el horno doméstico. Con más ilusión que conocimiento. No sé si los días serán a partir de ahora más cortos, pero, sin duda, serán más dichosos.

Berta Pontes:

Valladolid. Hoy el día ha ido de películas. He visto una versión malísima de ‘La Sirenita’ pero que nos ha hecho reír un rato a mi hermana y a mí. No os la recomiendo. Por la tarde ha tocado ‘El Hoyo’. Menudo peliculón, pero me ha dejado una sensación rara. Esta sí, esta os animo a verla.

Netflix me ayuda a llevar este encierro. Descubro películas, series y documentales nuevos que hacen que las horas se pasen más rápido. No quiero ni imaginarme cómo está la gente que no tiene estos privilegios de los que gozamos y, aun así, nos permitimos el lujo de quejarnos. Sinceramente, creo que esta situación por la que estamos pasando nos hará aprender a valorar aún más lo que tenemos. Y eso siempre es bueno.

Gorka Seco:

Es complicado mantener un criterio respecto a todas las noticias que recibimos cada día en los teléfonos, leemos o vemos en la televisión. Hay muchas cuestiones respecto al coronavirus que desconozco si son ciertas o no. ¿En altas temperaturas puede seguir contagiando? ¿De qué animal viene exactamente? ¿Qué hay de cierto en que el tratamiento contra malaria ayuda a frenar los síntomas del Covid-19? Muchas preguntas, que desde mi punto de vista como ciudadano no he logrado aclarar. Dicen también que la sobreinformación no es buena, pero, ¿dónde está el límite? ¿A quién tengo que creer?

Ana Gil:

La cuarentena ha invertido los papeles. He dejado de ser aprendiz de periodista para ser entrevistada. El culpable: mi amigo y compañero, Javier Ursúa. No se me ha dado mal, pero siempre preferiré estar detrás de las cámaras. El set de grabación que hemos montado en casa ha ayudado a distraernos. Como también lo hacen las historias que descubro estos días. Hoy he entrevistado al creador de una bonita iniciativa. Se dedica a convertir, junto a otros quince artistas, los ‘monstruos coronavirus’ de los más pequeños en animaciones al más puro estilo Pixar. Entre entrevistas he preparado una carbonara. Esta mal que yo lo diga, pero me ha salido buenísima. Mis compañeros lo corroboran. Como dirían los italianos, una auténtica. Solo con huevo, pimienta, panceta y parmesano. No hay cabida para los champiñones o la nata. Si quieren ver el cabreo personificado pregunten a un italiano por la versión española de la receta. Y me cuentan.

Pablo Sáenz:

Esta tarde, César Coca ha dejado caer su primera broma en el grupo de Whatsapp que tuvimos que provisionar para seguir, de alguna manera, con las clases del Máster. «Os recuerdo que mañana también habrá diario de cuarentena. Que como es viernes volveréis tarde a casa y luego se os olvida» (emoticonos incluidos). Lo cierto es que hace tiempo que dejé de lado esa faceta fiestera que tanto nos identifica a los universitarios. Cambié las noches de juerga por las noches de Netflix o lectura en casa.

La broma de Coca –una ironía lanzada en el momento propicio–, me ha hecho echar de menos, por primera vez en mucho tiempo, esos viernes al más puro estilo universitario madrileño: cena con amigos en alguno de nuestros pisos en Moncloa, un par de cervezas Mahou para calentar motores y una sesión de bailes grotescos y pasos arrítmicos en Mitty (Cats, para los más veteranos), La Nuit o alguna discoteca de los Bajos de Orense. Cantar la famosa estrofa ‘son mis amigos’ de Amaral o bailar ‘Princesas’ de Pereza, eran pequeños momentos que te llenaban de vida.

Volver a sentir la nostalgia de esas noches me ha hecho darme cuenta de que ¡aún sigo siendo jóven! De repente quiero bailar, saltar y gritar a los cuatro vientos que aún me queda toda una vida por delante. Me siento joven. Toda una explosión de serotonina.

Franklyn Amaya:

Siempre es una alegría poder interactuar con la familia. No recuerdo hace cuándo fue la última vez que pude jugar con mi hermano. Estoy seguro que no menos de dos años. En esa ocasión fue un partido de fútbol con mis amigos en una de sus pocas visitas por Honduras, ya que él reside en los Estados Unidos desde hace mucho tiempo. Ayer tuvimos la oportunidad de jugar nuevamente, quizás no como nos gusta hacerlo, que es corriendo en el verde césped detrás de un balón. Esta vez nos ha tocado conformarnos con unas cuantas partidas de bingo a través de una aplicación en internet, en la que nos acompañaron su esposa y mi novia. Fue muy divertido, seguramente lo continuaremos haciendo, pues este confinamiento nos permite tener tantas horas de ocio que la diferencia de horarios no es un factor que lo impida.

Laura Tambo:

Hay días en que todo está desordenado. El pelo, la cama, las palabras, el corazón, etc. No quiero echarle la culpa al dichoso confinamiento, que también. Supongo que esto forma parte de la vida ¿no?. Pero lo cierto es que hoy me siento un bolígrafo sin tinta, incapaz de reflejar sobre el papel todo lo que me guardo dentro. Necesito aire para regenerarme. Así que abro la ventana para ver si hace algo de efecto. En la cola infinita de la farmacia veo a Josefa con su hija Blanca. Jose, como la llama mi madre, tiene ya sus añitos… –no voy a decir cuántos porque ella siempre dice que es de mala educación–. Su hija la sostiene por el brazo mientras ella, sonriente, aguanta la cachaba con la otra. Cuando la veo no puedo evitar sentirme egoísta. Ella tan entera… y yo tan… Pero siempre hay alguien que viene y te salva, y qué bonito.

Luis Ramírez:

Hoy mi hermana Alexa cumple 15 años. Ella arribó al mundo 17 años después que Alex, 15 años después que yo y 9 años después que Ronny. Como podrán imaginarse, se convirtió en la chineada (consentida, para los que no hablen tico) de la familia. Cuando obtuve la beca para venir a estudiar a España pensé en todo lo nuevo que iba a experimentar, pero también en lo que me iba a perder, y uno de esos momentos era su fiesta de quinceañera. Conforme ella se ilusionaba, mis papás se estresaban, ya que organizar un evento de esos, por más modesto que este sea, carga con toda la intensidad de la adolescencia. Estos días en los que el reloj avanza a velocidad media ya no hay sorpresas, todos los planes tienen el mismo final fatídico, ya sabemos que el mayordomo es el asesino antes de que inicie la película. Sin más, la fiesta tuvo que cancelarse. A pesar de las circunstancias, me alegra haber podido llamar a mi hermana, hablar con ella de gatos y más gatos, y desearle que la felicidad que le ha dado a mi vida se multiplique para ella al infinito elevado al cuadrado con alguna fórmula que ningún matemático haya descubierto aún.

Iván Benito:

Hoy era el día internacional del queso y he querido darme un homenaje. Para el vermut, para comer y para merendar. Todavía quedan placeres de los que disfrutar. No como el pescado, que lo detesto. Sabía que me iba a tocar para cenar desde el momento en que a media tarde mi madre ha venido a interesarse por lo que estaba viendo en la televisión. La conozco como si la hubiera parido. Y ella a mí. Como cuando al rato, me ha preguntado qué pasaba. El ‘Diario de Burgos’ publicaba que el coronavirus había llegado a la Sierra de la Demanda, la sierra de mi pueblo. Por suerte, una vez más el medio se equivocaba por el simple hecho de no contrastar la información. Zoquetes, que diría uno de mis compañeros.

Irene Echazarreta:

Logroño. Hoy hemos hablado en casa acerca del próximo cambio de hora –que tendrá lugar de la noche del sábado al domingo–. El debate ha sido sobre si esta modificación sirve de algo o de nada, pues los días pasan, pero recluidos en casa.
Creo que uno de los problemas que tiene el confinamiento es que hace que perdamos la percepción del tiempo y que todos los días parezcan iguales, como si de una pesadilla en bucle se tratase. Puede que sí, pero solo si no tratas de pasar el tiempo haciendo las cosas que te gustan hacer –y ya hablaremos más sobre esto–. Lo bonito de hoy es que es viernes y quedan menos días para verte.

Mikel Huerta:

Santurtzi. Día no sé cuántos. No sé si soy el único al que le pasa, pero a veces me cuesta saber en qué día vivo. Me imagino que serán síntomas del síndrome de encierro que citaba uno de mis compañeros. Hoy mismo en la comida mi madre ha dicho: «¡Por fin ya es viernes!». Normal, para ella llegan sus merecidos días de descanso. Yo por el contrario he recordado con nostalgia aquellos días en los que saber que era viernes insuflaba un chute de alegría. Esto me lleva a pensar en lo que dependemos de la rutina. Cuánta razón aquello de que no echamos algo en falta hasta que lo perdemos. Pues por favor que nos la devuelvan. Bendita rutina. Aunque tal y como decía Maxwell Maltz, a partir de 21 días es cuando se crea un hábito. Y los duplicaremos.

Quizás cuando acabe la pandemia la gente ya se ha acostumbrado a estar en casa y no quiera salir… Jajajaja no, es broma. Seamos sinceros el día que se pueda salir a la calle a ver quién vuelve a casa. Pero, bueno, lo importante es la salud. Todo lo demás puede esperar.

Fernando González:

De forma oficial he llegado a las dos semanas de confinamiento. Dos semanas en las que habido de todo dentro de un piso. Desde risas hasta llantos.

Los días comienzan a transcurrir de forma más lenta y silenciosa. Pero he buscado la forma de tener momentos de entretenimiento y aprendizaje en distintos ámbitos. He comenzado la lectura de los primeros números de la revista ‘Líbero’, que sin dudas es la mejor revista en español que habla de fútbol. Han abierto de forma gratuita las primeras ediciones y se agradece mucho poder leer grandes reportajes del mundo de la pelota. A quien le interese, revise las redes sociales de la revista.

Terminamos el día con una película española, ‘El fotógrafo de Mauthausen’. Una película fuerte que habla acerca de un grupo de españoles que vivían en ese campo de concentración. Cada vez que veo películas o hago lecturas de la Segunda Guerra Mundial me entristece saber lo miserable que puede ser la humanidad.

Trabajé un poco en adelantar el TFM en la parte técnica y los vídeos que ya tenemos, para intentar no estar tan atrasados cuando la vida vuelva a la normalidad.

De fiesta hubo poco en casa aunque alguna cerveza ya tomamos.

¡Saludos!

Oihane Irazu:

Dia 13 de encierro. Lo que no veo normal es que en 24 años de vida haya llovido en Bilbao el 90% de los días entre octubre y abril, y ahora que estamos encerrados haga sol TODOS LOS DÍAS. ¿Qué hemos hecho mal? No sé, llevamos 13 días y parece que llevamos 133.

Nunca me he caracterizado por ser responsable en los estudios, en mi vida he hecho un trabajo sin presión de saber que al día siguiente había que entregarlo, y hoy, me he puesto a pensar en el TFM. Un logro para mí que demuestra que el aburrimiento puede llegar a eso. A hacerme ‘responsable’ (bueno, que he durado 15 minutos pensando en el TFM, tampoco vamos a engañarnos). Y sí, en la Ikastola en segundo de Bachillerato fui a segunda convocatoria de selectividad por tener cinco asignaturas suspendidas, cinco que aprobé estudiando la noche anterior (con presión estudio, no cabe duda). Pero digo yo, ¿no tendremos más mérito las personas como yo, que obtenemos el mismo resultado o mejor haciendo las cosas un día antes, que las que se pasan dos semanas para hacer lo mismo? Para reflexionar.

Alba Rodríguez:

Deusto. Siempre me he considerado una persona bastante tímida. Tardo en encontrarme cómoda en un ambiente nuevo o cuando estoy rodeada de gente que acabo de conocer. Y, por supuesto, no me suele gustar llamar la atención ante gente extraña. La cuarentena está empezando a cambiar hasta eso. Fijaos si me está afectando, aunque en este caso lo considero un efecto positivo. Cada día a las ocho, como en el resto del país, salgo al balcón a aplaudir. Es uno de los mejores momentos del día, aunque suene algo triste. Los primeros días mis compañeras y yo nos limitábamos a cubrir el expediente: salíamos, aplaudíamos y volvíamos a entrar en casa. Pero a medida que el barrio empezó a hacer más ruido nosotras también lo hicimos. Ahora somos las más ‘fiesteras’ de toda la comunidad. Cantamos ‘Resistiré’ a todo pulmón, bailamos en la terraza, sacamos nuestros móviles para utilizar la linterna. ¿Lo mejor? Que, aparte de desinhibirnos y pasárnoslo bien, los vecinos empiezan a unirse, sobre todo con las linternas y algún que otro grito o cántico (lo del baile sigue siendo un reto pendiente). Hace un par de días, al acabar los aplausos comenzamos a gritar ‘hasta mañana’ antes de entrar en casa de nuevo. El primer día solo se escuchó un tímido ‘agur’ desde el otro lado de la plaza en la que vivimos. Hoy casi todos los vecinos que aún estaban en sus balcones nos han respondido a coro, y alguno hasta nos ha saludado fervientemente desde su casa. Seremos las locas de la comunidad, pero nos lo pasamos bien y, al parecer, hacemos que otros también. A mí con eso, de momento, me basta.

Paula Soroeta:

Hoy en el Día Mundial del Teatro me apetecía escribir un texto sobre el. Así que ahí va:

Se abre el telón y comienza el espectáculo. Un espectáculo que hace verdad la mentira, que atrapa y engancha y que convierte a los actores en distintos personajes. El teatro es una máquina del tiempo que transporta al público a distintas épocas y distintos lugares. El teatro es un libro; un libro hecho palabra. Palabra y movimientos que se juntan en un mismo escenario. Un escenario que es el aquí y el ahora. El teatro es la mejor forma humana de contar una historia y hacer que el público forme parte de ella. El teatro es evasión y distracción. En definitiva, el teatro es magia. Y la magia nunca debe desaparecer.

Javier Cuesta:

Acabo de terminar una de mis películas favoritas: la mamarracha ‘Hermandad de sangre’. Misterio, asesinatos, humor… y todo desarrollado con una cutrez que te mantiene pegado a la pantalla. Su inverosimilitud me atrapa desde el primer minuto y me hace olvidar durante hora y media el dichoso confinamiento. Vamos, cumple su objetivo y de sobra. Aunque durante estos días casi cualquier cosa lo hace. Ando más enganchado a las películas que nunca, de lo que sean, aunque donde esté una de terror…
Y entre películas –de dudosa calidad–, cartas y algún que otro libro me he entretenido durante el día de hoy. Viernes. Que rápido ha pasado esta semana, o por lo menos a mí. Por suerte, cuando me he querido dar cuenta nos disponemos a cumplir las dos primeras semanas de cuarentena. Llegamos al ecuador. Fuerza.

Pedro Ontoso:

El día ha comenzado con malas noticias. Marian y Carlos, dos buenos amigos de Basauri, nos llaman para decirnos que su vecino Julián, puerta con puerta, acaba de morir por el maldito coronavirus. Se lo habían llevado hace varios días unas sanitarios enfundados en trajes de astronauta, y a su viuda se lo han comunicado a primera hora. Tiene tres hijos, uno es médico y las otras dos enfermeras, pero nadie ha podido hacer nada por él. Todos tenemos en estos momentos algún nombre en nuestros corazones.

Necesito tiempo para la meditación. Me lo proporciona por la tarde el papa Francisco en su bendición urbi et orbi, que he seguido en directo por YouTube. Lo ha hecho a los pies del Cristo de San Marcello al Corso, una imagen que yo fotografié durante mi estancia en Roma para documentarme sobre mi libro ‘Con la Biblia y la Parabellum’. Es una talla de madera recubierta con polvo de oro, del siglo V, la única que se salvó en un incendio en 1519 que destruyó la iglesia. Desde entonces los italianos la veneran como milagrosa. La sacaron en procesión por los barrios de la ciudad con motivo de la peste negra de 1522. La descubrí en la bulliciosa Vía del Corso, repleta de tiendas, una larga arteria de más de un kilómetro en la que se mezcla la cultura, la religión y la política. Los recuerdos me transportan a la Ciudad Eterna, en la que viví unas semanas maravillosas. Le prometo a mi mujer que cuando esta pesadilla acabe, volveremos a pisar los ‘sampietrini’ de sus calles.

El atardecer ha tenido encanto. He sacado un montón de fotos. Antes de cerrar este diario me asomo a la ventana y observo una pareja de murciélagos que revolotean a la luz de una luna incipiente. Me gusta lo que veo.

César Coca:

Llega el viernes del fin de semana en que cambia la hora. Volvemos a la de verano, que es la que prefiero. Me gusta que anochezca tarde aunque a cambio amanezca tarde también. A mí qué más me da. No hago vida social a las ocho de la mañana.

Me he pasado unas cuantas horas de la jornada matutina hablando por teléfono. Luego, en la tranquilidad de la tarde, he escrito una entrevista corta y he adelantado las recomendaciones de libros y música clásica para el periódico de los diez próximos días. Tengo dos entrevistas largas por transcribir pero lo he dejado para el lunes, porque no estaba en la mejor disposición de ánimo para afrontar textos de casi 200 líneas. ¿La razón? Una fuerte lumbalgia (fruto de una hernia que me da guerra de vez en cuando). Así que tras cenar y ver una peli de periodistas (antigua, pero el cine ya era sonoro y en color, je je) me he ido a la cama no sin antes tomar una decisión: este fin de semana no voy a cumplir el confinamiento. A mí no me dice el BOE lo que tengo que hacer. Eso sí, me quedaré en casa porque la espalda no me deja otra opción.

Artículo del Diario de cuarentena publicado por los alumnos del Máster de Periodismo 2019-2020 y sus profesores de Producción Informativa.

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